“Cristofobia o no hubo lugar en la hosteria” (Lucas, 2, 7)

  El misterio de la Navidad, como toda la vida de Nuestro Señor Jesucristo, es una escuela, donde se aprende, la mejor de las enseñanzas, es una escuela universal para todo hombre. Escuela en la cual podemos adquirir la mejor de las sabidurias, y encontrar las respuestas a las grandes preguntas que se plantea el hombre de todos los tiempos.

  El evangelista San Lucas, el único en referirnos en detalle la infancia del Señor, nos relata que Jesús nació en la humildad de un establo, de una familia pobre (Lc, 3,6-7). Nació en la ciudad de Belén, y allí no hubo quien recibiera al Niño, ni quien pudiese asistir a la Virgen en el momento del parto, como es costumbre. La Virgen lo envuelve en pañales y lo acostó en un pesebre, comedero del ganado, porque no tenían sitio en el alojamiento.

  “No hubo lugar en la hosteria”, no es acaso este hecho histórico, la figura de este mundo contemporáneo, en el cuál, no sólo, no hay lugar en “las hosterias” de sus sistemas e instituciones, sino que también procura y con todas sus fuerzas, para que Cristo no sea huesped del corazón de los hombres. Ejemplos tenemos de sobra, sobre todo en los continentes de antigua tradición crisitana, donde día a día crece el fenómeno, que algunos denominan Cristofobia. Es decir, un fenómeno que no es odio solo a la religión, es odio al Cristianismo en general y a Cristo en particular.

  Que lástima, que pena que la “hosteria” de muchos, ponga el cartel de “no hay lugar”, “todo ocupado”, “solo clase VIP”, cuando en realidad, está más vacio que el mismo vacio!. Que mal negocio, que mal nos irá, en la vida personal y en el ámbito comunitario, si dejaramos afuera a este Niño, con mayúsculas, ya que no es un niño cualquiera, es el mismo Niño-Dios, “por quien todo fue hecho, que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo”.

  Si el hombre de hoy pretendiese o quisiese alcanzar algun objetivo para el bien de la humanidad, o cambiar este mundo no lo podrá hacer, omitiendo u ocultando a Dios.

  El hombre de hoy le teme a Dios y por eso lo oculta. Cuando en realidad lo que tendría que hacer es acercarse más a Cristo, no alejarse, ni pretender que los demás se alejen. Al contrario, la cuestión es acercarse y dejar que se acerquen. No nos olvidemos, en definitiva quien es el dueño de la hosteria, de la historia y de este mundo. Aquel que ha hecho todas las cosas.

  No obstante, en el misterio de la Navidad, no ha sido ciertamente, ni lo será nunca el hecho de que “no hubo lugar en la hosteria”, sino más bien ese “admirable intercambio” que la Iglesia entera procláma en la antífona de la octava de Navidad en la liturgia de las horas:“O admirabile commercium! El Creador del género humano, tomando cuerpo y alma, nace de una virgen y, hecho hombre sin concurso de varón, nos da parte en su divinidad”.

  El misterio de la Navidad nos habla del amor infinito de Dios hacía los hombres: “Tanto amó Dios al mundo que dió a su Hijo Único, para que todo el que crea en Él no perezca”, así lo testimonia el apóstol San Juan, en el capitulo 3, versiculo 16.

  El Papa Juan Pablo II proclamaba solemnemente en su Encíclica Redemtoris Missio, en el número 3, lo siguiente: “ Pueblos todos, abrid las puertas a Cristo! Su evangelio no resta nada a la libertad humana, al debido respeto a las culturas, a cuanto hay de nuevo en cada religión. Al acoger a Cristo, os abrís a la palabra definitiva de Dios, a aquel en quien Dios se ha dado a conocer plenamente y a quien el mismo Dios nos ha indicado como camino para llegar hasta él”.

  Y más adelante, señalaba el Santo Padre, que es patente la urgencia de la misión, porque se ha duplicado y aumenta el número de los que no conocen a Cristo ni forman parte de la Iglesia. Es patente la urgencia de la misión “para esta humanidad inmensa, tan amada por el Padre que por ella envió a su propio Hijo”

  El catecismo de la Iglesia Católica en el número 526, nos dice que: “El misterio de la Navidad se realiza en nosotros cuando Cristo “toma forma” en nosotros”. Y por eso se afirma que Navidad es el misterio de este “admirable intercambio”.

  Que aquello que preveía el Santo Padre en la Redemtoris Missio, en el número 3, sea un llamado a todos los cristianos dispersos por el mundo, pues como decia el Papa:“ha llegado el momento de dedicar todas las fuerzas eclesiales a la nueva evangelización y a la misión ad gentes. Ningún creyente en Cristo, ninguna institución puede eludir este deber supremo: anunciar a Cristo a todos los pueblos.