Una Santa Cuaresma para todos

  Queridos hermanos y hermanas: estamos ya en la cuarta semana de la Cuaresma, y al inicio del tiempo cuaresmal, me dirijía a la comunidad católica con la siguiente reflexión: “Durante el tiempo de Cuaresma, surgen en cada uno de nosotros muchas preguntas: ¿qué podemos hacer u ofrecer durante este tiempo?; ¿Cómo debemos comportarnos?; ¿Qué es lo que quiere la Iglesia de nosotros?.

  Sin lugar a dudas, existen muchas prácticas cuaresmales que la Iglesia nos sugiere durante este tiempo. Por ejemplo: podemos y debemos ayunar, prácticar las obras de misericordia; o la oración más intensiva. Por supuesto que todas esta obras son de gran importancia y, como decía San Pedro Crisólogo cuando escribía haciendo referencia a esto: “tres cosas hay, hermanos, por las que se mantiene la fe, se conserva firme la devoción, persevera la virtud. Estas tres cosas son la oración, el ayuno y la misericordia” (Cf. Sermón 43: PL 52, 320.322).

  Ahora bien , yo los invito a que juntos reflexionemos sobre lo que mencionaba San Pedro Crisólogo. ¿Cuál es el objetivo, el sentido, que tienen estas prácticas cuaresmales?.

  La respuesta a estas preguntas, me parece que es sencilla y evidente. Ellas estan dirigidas para ayudarnos, como instrumentos para nuestra conversión y penitencia por nuestros pecados. Y si la Iglesia, cada año celebra el santo tiempo de la Cuaresma como preparación para la Pascua, es precisamente por este motivo. Estamos todos necesitados de conversión y penitencia, por todos los pecados que hemos cometidos.

  Estamos necesitados de conversión, porque como dice el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 386, el pecado es una realidad que existe, que esta presente en la historia del hombre. No nos debemos sorprender de que nuestra Madre, la Iglesia, insista en esto: penitencia, aversión al pecado y conversión a Dios.

  Somos pecadores, y por este motivo nadie puede decir: “yo no tengo pecado, yo nunca pequé”. Muchas veces pareciera que creemos que los pecadores “son sólo los que roban o matan”. Es importante, que nos sepamos reconocer pecadores, y que no nos preocupemos tanto de los pecados del prójimo.....¡los nuestros nos bastan!. Convencidos de esta realidad, debemos pedir la gracia de la conversión. Debemos hacer penitencia por nuestras faltas y pecados, “de pensamiento, obra u omisión”, contra los mandamientos y la santa ley de Dios, instrumentos vivos, que nos ayudan a caminar por la recta senda.

  A través del sacramento del Bautismo, todos nuestros pecados son perdonados, nos transformamos en nuevas criaturas, partícipes de la naturaleza divina. Los bautizados, dice el Catecismo en el número 1270: “por su nuevo nacimiento como hijos de Dios, están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia, y de participar en la actividad apostólica y misionera del Pueblo de Dios”.

  Lamentablemente, para muchos (y los hay), una vez recibido el Bautismo, creen que con esto es suficiente, que con con eso ya esta todo cumplido. Y como hemos citado más arriba esto no es así. El Cristiano tiene obligaciones, nos guste o no, ésta es la realidad.

  Obligaciones ante Dios y su Iglesia, en relación a nosotros mismos, en relación al prójimo y cuantas más, las cuales ahora no viene al caso citar todas. Debemos empeñarnos en cumplir con éstas obligaciones, y si no ¿que tipo de cristianos seremos?. Los católicos virtuales, nominales, indiferentes, ni fríos ni calientes, ni chicha ni limonada (dicen en America del Sur), los católicos que van a Misa el Domingo, pero ¿y después?.

 Vamos por partes:
  1. Mis obligaciones ante Dios y la Iglesia, teniendo como base de partida, que el hombre debe creer en Dios, confiar en Él y amarlo sobre todas las cosas. Nuestra fe y amor por Dios, se deben manifestar en nuestras obras, en el cumplimiento de los mandamientos y preceptos de la Iglesia, en la oración y en la asistencia y activa participación de la Misa domincal. Y es aquí justamente, donde tenemos materia suficiente para meditar o reflexionar, durante el santo tiempo de la cuaresma.

  Muchas veces se escuchan cosas como éstas: “ir a la Misa o no, me da lo mismo”, “¿rezar? y... cuando tengo necesidad, o cuando lo siento”, “la Santa Misa me aburre: el Domingo prefiero aprovechar y dormir un poco más”. Si para nosotros éstas prácticas no tienen ninguna importancia, entonces sí, queridos hermanos y hermanas, tenemos mucha materia para trabajar durante este tiempo.

  Podemos también poner nuestra mirada, en cosas más sencillas, como por ejemplo preguntarnos: ¿“llego siempre, por comodidad, tarde a la Misa”?; “cómo me conduzco en la casa de Dios? ¿es un club o un lugar sagrado?”. Y no nos olvidemos, sobre todo en este año de la Eucaristia, de examinarnos sobre cuál es el amor, devoción y respeto ante la presencia de Cristo en la Eucaristía.

  2. En cuanto a nuestras obligaciones, o cumplimiento de nuestro deber de estado, tendríamos mucho para trabajar en este santo tiempo. Aún los más pequeños, los niños y niñas. Esto será tal vez, mis obligaciones y deberes de hijo, como estudiante, ... Sobre todo es un buen tiempo para que nos examinemos acerca de las relaciones con nuestros padres.

  Respecto a los padres, es tiempo de replantear la educación que le damos a nuestros hijos. Es necesario educarlos cristianamente, en la fe católica, en las virtudes humanas, en el respeto y en el amor por el prójimo, etc. Educar, y no malcriar, es el camino para trazarles un futuro a nuestros hijos, siempre contando con la ayuda el ejemplo, y el auxilio de Dios Nuestro Señor, que también tuvo su Sagrada Familia.

  Por este motivo, si nosotros nos tomamos todo esto con seriedad y responsabilidad, el santo tiempo de Cuaresma se transforma en un tiempo propicio para los cambios, las correcciones, la penitencia y la conversión.

  3. Y llegamos finalmente, al tercer punto: nuestras obligaciones en relación con el prójimo. Aqui ciertamente, basta tener presente las palabras de Cristo, que pronunció, cuando alguien le preguntó ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?. El Señor respondió enunciando el primero, ya conocido por nosotros, y el segundo que hace referencia a nuestro discurso: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mc. 12,31).

  La caridad es el signo por el cual se distinguen los cristianos, y del cual Cristo hizo un mandamiento, un precepto del amor, que nos llama a amar no solo a nuestros amigos, sino también a nuestros enemigos. Nos llama a orar por aquellos que nos procuran el mal, a bendecir a aquellos que nos odian. Ustedes, seguramente se darán cuenta que todo esto no es nada fácil. Sin embargo, esto es precisamente a lo que estamos llamados los cristianos, no a la mediocridad ni a la indiferencia, sino a la práctica de la caridad aún en grado heroico, si lo exigen las circunstancias.

  Trabajando en la virtud de la caridad, en nuestra relación con el prójimo, tenemos un medio muy concreto para el crecimiento espiritual. En éste campo, seguramente tendremos mucho material para la reforma de vida.

  Decía el apóstol San Juan en el capítulo 4, versículo 20: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; porque el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios a quien no ha visto”. Del mismo modo, se debe decir en cuanto al perdón; si no somos capaces de perdonar a aquellos que nos han ofendido, ... ¿como entonces nos atrevemos a pedir a Dios que nos conceda su perdón y su gracia?. Pues entonces, ¿no es acaso la santa cuaresma, un tiempo para crecer en el amor a Dios y al prójimo?. Ciertamente que sí, por eso queridos hermanos y hermanas, pidamos a Dios la gracia de poder aprovechar al máximo este tiempo litúrgico.

  Si somos capaces de reconocer nuestra pobre condición de pecadores, entenderemos mejor, porqué nos hace falta la penitencia, la oración y las buenas obras. Entonces deberemos poner los medios, que la Cuaresma nos propone, para trabajar seriamente por nuestra conversión y salvación de nuestras almas.

  Nunca nos olvidemos que Cristo nos llama a la conversión. No nos olvidemos que Dios es infinitamente misericordioso, y que está dispuesto a perdonar todas nuestras faltas y pecados, siempre y cuando nos arrepintamos de todo corazón, y decididamente nos apartemos de todo aquello que pueda ofender a Dios y al prójimo.

  La voluntad de Dios es que todos se salven, es ése el motivo de la Encarnación. Pidamos entonces la gracia de poder cumplir con las obligaciones que tenemos por ser hijos de Dios.

Rev. P. Carlos Avila IVE
Superior Eclesiastico de la Misión Sui Iuris en Tayikistán